Muestra Actual

La sombra que nunca encontró su dueño: Arquitectura de la ausencia

La sombra que nunca encontró su dueño
Arquitectura de la ausencia
Marcelo Toledo

Oh, dolor! ¡Oh, dolor! ¡El Tiempo devora la vida,
Y el oscuro Enemigo que nos roe el corazón
Con la sangre que perdemos crece y se fortifica

De”Las flores del mal”
Charles Beaudelaire

El trauma (del griego, herida) provocado por los atentados terroristas en el mundo no solo afecta a quienes fueron victimas o testigos de los mismos sino también a toda la humanidad provocando conductas que van desde la banalización del mal infligido, venganza o políticas defensivas que no hacen sino incrementar el daño a todo el cuerpo social.

El proyecto escultórico deconstructivo de Marcelo Toledo tiene por objetivo crear un espacio de conciencia sobre la memoria social y arquitectónica de los pueblos a partir de un evento flagrante. Ha creado piezas que transforman la memoria urbana en un nuevo mapa cultural regenerativo a través de la poética del arte. Esta operación alquímica tiene como punto de partida la foto de cada atentado generando una silueta ausente que se transforma en una escultura sublimada con sugestivos vacíos y plenos ominosos.

Construcción-deconstrucción-regeneración son los hitos en los cuales se apoya este artista que nos remite, como en una letanía sorda, a una presencia-ausencia incómoda. Hay una profunda necesidad humana de proyectarse hacia el futuro, de anestesiar el alma y esterilizar los sentimientos repulsivos ante el horror impensable e inesperado. Cual mística de la reparación, la disección y extirpación del dolor es parte de la terapia reconstructiva. Pero, como destaca el artista, esa sombra que no encuentra a su dueño, tiene especial significación en nuestro país, donde siguen sin resolverse los atentados a la comunidad judía ocurridos en Buenos Aires en la década del 90.

Esta muestra repasa desde el atentado de la Amia, la Embajada de Israel en la Argentina como así también el de las Torres Gemelas, el de Atocha, los de París y el reciente atentado de Sinagoga de Pittsburg en Pensilvania entre otros, creando un jardín metafísico de dispositivos inquietantes, una galería de pulsiones memoriosas que activa esa cuerda paralizada que no quiere vibrar en nuestro interior pero que irremediablemente encuentra su resonancia y redención.

Liliana Olmeda de Flugelman
Curadora

Libreta de psicoanalista
Jean-Pierre Landau

 

La pintura de Jean-Pierre Landau es a la vez poesía, psicoanálisis y música. ¿Será necesario distinguir? ¿No consiste la pintura para él en inscribir una huella sobre un soporte, como hace la escritura para dibujar las palabras? El trazo pictórico impregna el lienzo y se vuelve letra del poema colorido. La escritura es huella leíble de un pensamiento que, antes de adquirir una eficacia semántica, tuvo que ser llevado por operaciones psíquicas sucesivas, organizaciones diferentemente estratificadas de la memoria. Ahora bien, Freud nos dice, en Proyecto para una psicología científica, que estos sistemas mnésicos son inscripciones, huellas que resultan de “facilitaciones” más o menos factibles entre neuronas y “signos de percepciones”: así se acumulan impresiones de las que solo unas se vuelven conscientes, cuando precisamente las huellas, sustituidas por las percepciones activas, son relegadas en el Inconsciente por la represión originaria.
La pintura y las poemas de Jean-Pierre Landau cuestionan el concepto de huella mnésica y de reminisciencia. Una huella no es una cosa ya que precisamente dice la ausencia de aquello que estuvo aquí anteriormente y que ya no está: solo hay huella de una desaparición, la huella es el acto mismo de la desaparición. Pero las huellas mnésicas pueden ser reactivadas en los sueños por ejemplo: ocupan los restos diurnos para figurar el deseo; o también sirven de “interfaz” entre una fantasía y los “recuerdos encubridores” de fenómenos anteriores o ulteriores. Y las palabras, restos perceptivos de fonemas oídos, permiten reconocer las huellas reprimidas bajo forma de ideas.
Los trazos pintados, las letras trazadas, son más bien los cuerpo a cuerpo amorosos del artista-pintor-poeta con la película sobre la que dibuja los contornos de su deseo. La huella de la impresión psíquica es un abrazo erótico. El afecto acaricia la trama que recibe la impresión ¿no se dice de un lienzo o de una piel que “impresiona” más o menos vivamente? el deseo del sujeto teje sus intrigas en el secreto del intervalo en que se entre-dice su arte.
Las huellas mnésicas, las fases que estas huellas estructuran como sistemas sucesivos hasta las figuraciones plásticas escritas, vocales habladas, cantadas o pintadas, tienen quizás relaciones de analogía, pero no se pueden concebir como etapas cronológica, históricamente identificables según una progresión. Convendría más bien, si importa metaforizar, hablar en términos de estratificación o de sedimentación de estas capas de vestigios. Pero resulta que estas realidades son plásticas, precisamente, porque transforman una materia prima, porque tratan la huella, porque dan forma a una materia cualquiera: los viejos conceptos aristotélicos siguen sirviendo. La psique está en el origen de las operaciones que se diversifican en pensamiento, pintura o música; pero estos tres modos de aparición de la actividad simbólica seguramente no tienen funciones idénticas.
Las sensaciones pintadas sugieren, imponen a veces, una recepción visual a la vez que sonora: y actuar esta recepción es una creación musical: la mirada se hace palabra, la emoción estética experimenta, hace la experiencia de una índole originariamente musical de la mente, que halla en la materia pictórica y literal el medio propicio a modulaciones significantes. Más que una “correspondencia” entre los colores, las palabras y los sonidos, que supondría una posible traducción término por término de los elementos constitutivos de estos registros expresivos, cabe pensar una realidad originariamente compuesta que contendría virtualmente una expresividad heterogénea: la psique del sujeto del Inconsciente se expresa desde el origen como música y palabras coloridas.

Tamara Landau, Buenos Aires

EL ARBOL INVERTIDO
Escultura y videoinstalación
Tamara Landau

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La teoria del árbol invertido es el fruto de una elaboración efectuada a partir de la práctica del psicoanálisis con mujeres bulímicas/anoréxicas que me develaron con sus gestos, lapsus y pesadillas recurrentes las mismas fantasías inconscientes y reminiscencias que pueden remontar a la vida fetal.
Escuchando estas pacientes me di cuenta que ellas hacían la misma inversión en el orden simbólico de las generaciones a través de lapsus muy frecuentes tales como “mi madre” en vez de “mi abuela”, “mi padre” en vez de “mi abuelo” o también “Voy a nacer en…” cuando estaban encintas. Estos lapsus me indicaron que no podían inscribirse en el tiempo cronológico, en la duración, en el tiempo genealógico ni en el tiempo del relato.
Todas expresaban en sesión la impresión de estar encerradas en el pasado. Esto sentimiento de no existir está asociado con la de no diferenciarse de su madre. Quinze de ellas me trajeran espontáneamente el mismo dibujo : un árbol invertido, con las raíces alzadas hacia el cielo y las ramas enterradas, o simplemente orientadas hacia abajo.
Todos estos elementos clínicos me permitieron elaborar la teoría del “árbol invertido” que supone la existencia de una memoria inconsciente transmitida por las abuelas maternas que structura una identificación primordial que une el feto con la abuela y la madre con el feto en un lazo placentario fusional. Así, se puede comprender esta «fantasia del árbol invertido» como una reminiscencia del embarazo y de la vida fetal, durante la cual el feto reactiva en la madre la memoria bio-emocional de la experiencia vivida por su madre durante el embarazo.
El “esquema del árbol invertido” sería pues un proceso de retroacción funcional de la memoria del cuerpo que estructura a nivel real y simbolico los significantes primordiales del feto en los significantes primordiales de la abuela.
Así, según esta hipótesis, durante el embarazo, el cuerpo del feto “pertenece” al cuerpo de la abuela y la madre al cuerpo del feto, lo cual configura inconscientemente un lazo fusional madre-niño indestructible, fuera del tiempo, en el que toda separación es impensable.
Es pues, gracias a todas estas mujeres analizadas y a sus dibujos yo pude elaborar la teoría del árbol invertido en 2000. Y desde entonces, descubrí que esta noción es muy antigua. La describen por lo menos tres textos sobre el origen del mundo y de la humanidad: en la Bagavad Gita, texto sagrado del Hinduismo , en el Timeo de Platón y en el Be’er Hagolah, el libro de Rabbi Loew, el Maharal de Praga , el erudito talmudista, filósofo y matemático. Lo que es muy interesante , es como descubrí al mismo tiempo que Sigmund Landau y Jean-Pierre, mi marido, son descendientes de Rabbi Loew el Maharal de Praga ! Así, como dice el Talmud y el psicoanálisis, las mujeres parturientas y los recien nacidos «saben» todo inconscientemente y necesitan solo aprender a olvidar.