Muestra Actual

Evento Landau

LANDAU

Padre & hijo

Sigmund y Jean-Pierre Landau

 

Padre e hijo es la  presentación de  la obra de dos artistas, Sigmund y Jean-Pierre Landau,  que abarca una línea de tiempo que se remonta a la primera y segunda guerra mundial, la guerra fría y la  caída del muro de Berlín hasta nuestros días.  El padre, Sigmund, originario de Lodz, descendiente del Maharal de Praga o Rabino Loew  fue artista de la Escuela de Paris.  Su hijo,  Jean Pierre, nacido en Francia, luego de  estudiar medicina y psiquiatría se volcó al psicoanálisis.  Sigmund incursionó en el postimpresionismo.   La influencia  de Cézanne  se adivina en sus óleos de bodegones y serenos  paisajes.   Escenas cotidianas de la tradición  judía transmiten el devenir gozoso del tiempo,   se percibe una calma expectante.    Sin embargo no se esboza en sus telas   ni  un trazo de  la  violencia desatada en un continente convulsionado por pulsiones de guerra,  persecuciones  y matanzas.                                                         

Jean-Pierre, comenzó a pintar  a los 16 años cuando su padre murió y confiesa  que su ausencia llena de presencia   marcó fuertemente  su niñez y adolescencia.   Su pintura orientada hacia el expresionismo no  es un  mero intento de alejarse del academicismo de Sigmund sino que ensaya una abstracción continuadora  del  derrotero paterno.    Escenas del Génesis, personajes  bíblicos   habitan los lienzos y  una escritura casi jeroglífica va  plasmando texturas de signos,  letras y gestos esenciales  en los trazos de la memoria.  

El diálogo entre ambos es una sesión de psicoanálisis, un dispositivo que  ahonda en las profundidades de dos almas  atadas por el milagro de la descendencia.  Unidos por la tradición judía que atraviesa cada palmo de su existir, testigos de su propio tiempo  apelan a la memoria, al rescate de su herencia y  su particular mirada.  Padre e hijo,  Sigmund y Jean Paul, evocan e  interpelan la  relación de D´s con su creación, el hombre niño, el hombre inacabado,  el hombre padre  separado del hombre hijo.   Tradiciones y símbolos revelan el movimiento de un péndulo permanente, un devenir del tiempo vital, presencia y ausencia  existencial.   

Padre e hijo se funden en un abrazo   que los trasciende y exime de toda culpa, de toda deuda.

 

 

                                                                                   Liliana Olmeda de Flugelman

                                                                                  Curadora y Directora Ejecutiva

                                                                                     Museo Judío de Buenos Aires

                                                                                                              Agosto de 2018

El árbol invertido

La teoría del árbol invertido es el fruto de una elaboración efectuada a partir de la práctica del psicoanálisis con mujeres  bulímicas/anoréxicas que me develaron con sus gestos, lapsus y pesadillas recurrentes las mismas fantasías inconscientes  y  reminiscencias que pueden remontar a la vida fetal.

 Escuchando estas mujeres en tratamiento me di cuenta que ellas hacían la misma inversión en el orden simbólico de las generaciones a través de lapsus muy frecuentes tales como “mi madre” en vez de “mi abuela”, “mi padre” en vez de “mi abuelo” o también “Voy a nacer en…” cuando estaban  encintas.  Estos lapsus me indicaron que no podían inscribirse en el tiempo cronológico, en la duración, en el tiempo genealógico ni en el tiempo del relato.  Todas expresaban en sesión la impresión de   estar encerradas en el pasado.  Este sentimiento  de no existir está asociado  con la de no diferenciarse de su madre. Quince de ellas me trajeran espontáneamente  el mismo  dibujo : un árbol invertido, con las raíces alzadas hacia el cielo y las ramas enterradas, o simplemente orientadas hacia abajo.

Todos estos elementos clínicos me permitieron elaborar la teoría del “árbol invertido” que supone la existencia de una memoria inconsciente transmitida por las abuelas maternas que estructura una identificación primordial que une el feto con la abuela y la madre con el feto en un lazo placentario fusional. Así, se puede comprender esta «fantasia del árbol invertido» como una reminiscencia del embarazo y de  la vida fetal,  durante la cual el feto  reactiva en la madre  la memoria bio-emocional de la experiencia vivida por su madre durante el embarazo.  El “esquema del árbol invertido” sería pues un proceso de retroacción funcional de la memoria del cuerpo que estructura a nivel real y simbólico los significantes primordiales del feto en los significantes primordiales de la  abuela.   Así, según esta hipótesis, durante el embarazo, el cuerpo del feto “pertenece” al cuerpo de la abuela y la madre al cuerpo del feto, lo cual configura inconscientemente un lazo fusional madre-niño indestructible, fuera del tiempo, en el que toda separación es impensable.

Es pues,  gracias a todas estas mujeres analizadas  y a sus dibujos que  pude elaborar la teoría del árbol invertido en 2000  y  desde entonces, descubrí que esta noción es muy antigua.  La describen por lo menos tres textos sobre el origen del mundo y de la humanidad: en la Bagavad Gita, texto sagrado del Hinduismo , en el Timeo de Platón  y en el Be’er  Hagolah, el libro de Rabbi Loew,  el Maharal de Praga , el erudito talmudista, filósofo y matemático. Lo que es muy interesante es  cómo  descubrí  al mismo tiempo  que  Sigmund Landau y Jean-Pierre, mi marido, son descendientes de  Rabbi Loew el Maharal de Praga !  Así, como dice el  Talmud  y el  psicoanálisis,  las  mujeres parturientas y los recien nacidos «saben» todo inconscientemente  y  necesitan solo aprender a  olvidar.

                                                                                                         Tamara Landau.

 

La pintura de Jean-Pierre Landau:

                                      La pintura de Jean-Pierre Landau es a la vez poesía, psicoanálisis y música. ¿Será necesario distinguir?  ¿No consiste la pintura para él en inscribir una huella sobre un soporte, como hace la escritura para dibujar las palabras? El trazo pictórico impregna el lienzo y se vuelve letra del poema colorido.   La escritura es huella leíble de un pensamiento que, antes de adquirir una eficacia semántica, tuvo que ser llevado por operaciones psíquicas sucesivas, organizaciones diferentemente estratificadas de la memoria.   Ahora bien, Freud nos dice, en  Proyecto para una psicología científica, que estos sistemas mnésicos  son inscripciones, huellas que resultan de “facilitaciones” más o menos factibles entre neuronas y “signos de percepciones”: así se acumulan impresiones  de las que solo unas se vuelven conscientes, cuando precisamente las huellas, sustituidas por las percepciones activas, son relegadas en el Inconsciente por la represión originaria.

         La pintura y las poemas de Jean-Pierre Landau cuestionan el concepto de huella mnésica y de reminisciencia.  Una huella no es una cosa  ya que precisamente dice la ausencia de aquello que estuvo aquí  anteriormente y que ya no está:  solo hay huella de una desaparición, la huella es el acto mismo de la desaparición. Pero las huellas mnésicas pueden ser reactivadas en los sueños por ejemplo: ocupan los restos diurnos para figurar el deseo; o también sirven de “interfaz” entre una fantasía y los “recuerdos encubridores” de fenómenos anteriores o ulteriores. Y las palabras, restos perceptivos de fonemas oídos, permiten reconocer las huellas reprimidas bajo forma de ideas.

            Los trazos pintados, las letras trazadas, son más bien los cuerpo a cuerpo  amorosos del artista-pintor-poeta con la película sobre la que dibuja los contornos de su deseo. La huella de la impresión psíquica es un abrazo erótico. El afecto acaricia la trama que recibe la impresión ¿no se dice de un lienzo o de una piel que “impresiona” más o menos vivamente? el deseo del sujeto teje sus intrigas en el secreto del intervalo en que se entre-dice su arte.

            Las huellas mnésicas, las fases que estas huellas estructuran como sistemas sucesivos hasta las figuraciones plásticas escritas, vocales habladas, cantadas o pintadas, tienen quizás relaciones de analogía, pero no se pueden concebir como etapas cronológica, históricamente identificables según una progresión. Convendría más bien, si importa metaforizar, hablar en términos de estratificación o de sedimentación de estas capas de vestigios. Pero resulta que estas realidades son plásticas, precisamente, porque transforman una materia prima, porque tratan la huella, porque dan forma a una materia cualquiera: los viejos conceptos aristotélicos siguen sirviendo. La  psique está  en el origen de las operaciones que se diversifican en pensamiento, pintura o música; pero estos tres modos de aparición de la actividad simbólica seguramente no tienen funciones idénticas.

            Las sensaciones pintadas sugieren, imponen a veces, una recepción visual a la vez que sonora: y actuar esta recepción es una creación musical: la mirada se hace palabra, la emoción estética experimenta, hace la experiencia de una índole originariamente musical de la mente, que halla en la materia pictórica y literal el medio propicio a modulaciones significantes. Más que una “correspondencia” entre los colores, las palabras y los sonidos, que supondría una posible traducción término por término de los elementos constitutivos de estos registros expresivos, cabe pensar una realidad originariamente compuesta que contendría virtualmente una expresividad heterogénea: la psique del sujeto del Inconsciente se expresa  desde el origen como música y palabras coloridas.

                                                                                                Tamara Landau,                                                                                             Buenos Aires  agosto 2018